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EL sábado vivimos una de las jornadas futbolísticas más apasionantes de los últimos tiempos. Ni la remontada del Liverpool al Milán, ni el 4-0 del Deportivo al equipo italiano, ni el gol de Mijatovic a Peruzzi o los de Savicevic, Massaro, Desailly y Boban A Zubizarreta fueron momentos tan vibrantes como esos quince segundos del sábado en los que entre Van Nistelrooy y Tamudo cambiaron el destino de esta singular liga. Aunque bien es cierto que el Madrid lo tenía todo perdido, no es menos cierto que ese cúmulo de casualidades no es más que justicia al equipo que más empeño ha puesto en llevarse esta liga. Por momentos puntuales de buen juego, el Barça puede haber sido más brillante, como temporada es digna de alabanza la del Sevilla, pero este Madrid de Fabio Capello ha demostrado ser ante todo un equipo de firmes convicciones. El italiano ha sabido demostrar que rectificar es de sabios y que sus planteamientos, siempre disctutidos, son igualmente efectivos.Este Madrid puede jugar mejor o peor, puede gustar más o menos, pero, ante todo, es un equipo con espíritu, algo que los madridistas de pro echábamos mucho de menos en los últimos tiempos.
Nunca he sido capellista; creo que un equipo grande debe tener una idea de fútbol pareja a su grandeza, con un juego fluido, rápida circulación de balón, centrocampistas que sepan tocar el balón y alejados del conservadurismo innato de los italianos. Capello, pragmático como nadie, ofrece otro fútbol, que aunque no tan atractivo es sumamente efectivo. Este año, a pesar de su huida hace diez años, yo apostaba por Capello como única persona capaz para reconducir el rumbo de este Madrid. Algunos de sus actitudes -la famosa peineta, por ejemplo o lo de Beckham- son más que discutibles, pero ahora pasados los meses el italiano nos ha callado a todos.
Esperemos que el Madrid gane el próximo domingo aunque mi voz desaparezca para siempre.
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